“Cada año, un nuevo déficit. Cada cuatro o
cinco años, un nuevo préstamo. Y cada nuevo préstamo brindaba a la
aristocracia financiera una nueva ocasión de estafar a un Estado
mantenido artificialmente al borde de la bancarrota; éste no tenía más
remedio que contratar con los banqueros en las condiciones más
desfavorables.”
Karl Marx, La lucha de clases en Francia, 1848-1850
Hace
unas semanas, el FMI lanzó un mensaje apocalíptico sobre la
insostenibilidad de nuestro sistema de pensiones.“Vivir más es bueno,
pero conlleva un riesgo financiero importante”: así
explicó su director de Asuntos Monetarios y Mercados de Capitales que
el aumento de la esperanza de vida en los países ricos supondrá una
carga insostenible para los actuales modelos de cotización. Poco importa
que el presupuesto mismo de la frase sea mentira, y que en los Ländern
del Este de Alemania, donde se aplicaron precisamente las
soluciones sugeridas por el FMI (recortes de prestaciones, retraso de la
edad de jubilación, flexibilización del derecho laboral), la esperanza
de vida de los ciudadanos con rentas más bajas haya caído en la última década de 77,9 a 74,1 años.
La
obscenidad ideológica de la frase está en su misma superficie, en la
naturalidad con que confunde dos movimientos que parecerían en principio
antagónicos y opuestos entre sí. Por un lado, la frase coloca la vida frente a las
finanzas (ese “pero” sintomático y adversativo: vivir está bien,
siempre y cuando no interfiera con la lógica de los mercados), como dos
factores de una relación inversa. Por el otro, dice con una rotundidad
casi inconsciente que la vida es de por sí un objeto financiero, y
no cualquier objeto, sino la forma predilecta de la gramática
especuladora: un riesgo. Juntos, esos dos movimientos describen un hecho
fundamental de nuestro presente: allá donde la vida deja de ser
productiva se convierte en una amenaza potencial. Cuando la fuerza
social no se deja integrar o subsumir en la lógica financiera, la vida
misma se convierte en una interferencia que debe ser neutralizada.
El
gobierno sigue camuflando ese proceso bajo la lógica del sacrificio, y
dice excluir a los inmigrantes sin permiso de residencia del derecho a
la salud (al igual que destruye el derecho laboral, la universidad, la
investigación o la dependencia) para ganar la confianza de los
mercados. Los mercados, cada vez que alguien les pilla con el micro
abierto, explican con total sinceridad qué piensan de ese sacrificio:
mientras Goldman Sachs explicaba
que vivimos el “mejor momento en una generación”, la gestora de fondos
Carmel Asset Management afirmaba con todas las letras, en un informe
sobre el estado de la economía española, que “si la crisis estalla en
España en 2012, tal como esperamos, podemos generar un retorno del
300%”. La realidad es que la quiebra del Estado es un negocio para el
casino financiero de los derivados, donde se apuestan gigantescas sumas
de dinero contra la supervivencia misma de un país que, desde el
pinchazo inmobiliario, ha dejado de ser rentable. Moraleja: la sangre de
los sacrificios es real, pero la ficción ideológica que los sostiene,
toda esa retórica barata de la austeridad, la emergencia nacional y la
confianza de los mercados, es una construcción grotesca, incapaz de
soportar su propio peso.
Por eso intentar mezclar los dos
relatos, el financiero y el del futuro político y social del país, es
negarse a comprender la esencia misma del problema. Ya no hay “salida” a
la crisis: lo que hay es una incompatibilidad de fondo entre dos
lógicas enfrentadas por su propia supervivencia. Mientras no se asuman
los términos reales del conflicto, mientras no se reconozca que esa
incompatibilidad no es pasajera ni circunstancial, sino el corazón mismo
y el hecho decisivo de nuestro presente, no haremos otra cosa que
recorrer una y otra vez la misma espiral enfermiza de la deuda -hasta
que no quede nada que sacrificar.
La clave, en realidad, es
entender que la deuda no es un concepto económico, sino un paradigma de
gobierno. La deuda es la lógica que dirige el sacrificio: desmantelar lo
que queda de los sistemas fordistas de protección social a cambio de
absolutamente nada. La deuda es el horizonte de ese conflicto
entre el capital financiero y la vida social que no se puede suturar, y
que por tanto no propone solución ni proyecto de sociedad alguno, salvo
el reforzamiento sin límite de los mecanismos de coerción y la represión
de todo aquel que se ponga enfrente. Es la deriva autoritaria que
transforma a jubilados y niñas de instituto en el “enemigo”, produce
muertos por balas de goma, incentiva la delación del vecino y permite
que la policía no solo reprima los cuerpos, sino que genere su propio
discurso y se imponga a sí misma sus propios objetivos.
Frente
a la regresión infinita de los recortes, frente a esa distopía de
violencia y miseria, surge la idea de una rebelión masiva. En una entrevista publicada en Madrilonia, el antropólogo David Graeber explica que la primera palabra conocida para significar la “libertad” es amargi,
que en sumerio quiere decir “libre de deudas”. La deuda es una
gramática política que debe ser enfrentada en su raíz, reducida a
añicos, rota en mil pedazos. La batalla no es por la deuda: es por lo
que pasará cuando rompamos su hechizo y pongamos a cero el contador
social.
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